INICIACIÓN A LOS ÁRBOLES BAJO ÓLEO DE INVIERNO
Salían de la furgoneta con la parsimonia de montañeros veteranos, sin prisa, buscando a Alonso como si lo hubieran visto el día anterior. Y al saludarlo, las palabras eran afables y cálidas por ver de nuevo al amigo, pero a la vez cotidianas, tan de casa que parecía que hubieran estado jugando partidas de dominó hasta ayer mismo en las tardes solubles del hogar del pensionista. Y sin embargo, hacía seis meses que no se veían. Alonso dejaba caer sus pasos sobre la garrota que llevaba en su mano izquierda y movía un palillo entre sus labios acicalando una mesura antigua que sólo se exhibe ante los amigos más íntimos. Enfrente, Berni, Plumed y Moya extendían sus manos y recibían efusivos el calor campestre de Alonso. Éste les preguntaba por sus familias y ellos simplemente le decían: “bien, allí las hemos dejado en Valencia”. La última vez que habían venido a Extremadura había sido en septiembre, y ahora en febrero regresaban a las dehesas para ver de nuevo cómo se conservaban aquellos árboles. Los tres eran botánicos o ingenieros forestales. Nunca lo supe muy bien porque no recuerdo que yo se lo preguntara, y si lo hice, es posible que me dieran una respuesta muy rápida, eludiendo algo que en el fondo era accesorio porque lo verdaderamente importante para ellos era ponerse a trabajar, acercarse hasta el árbol anotado en su agenda de inspecciones para adivinar desde el principio si se habían producido cambios en su fisonomía y sobre todo para saludarlo como si fuera una figura humana, ungidos por la proximidad de su tronco, mirando hacia arriba y viéndose cobijados por la longitud impropia de sus ramas. Era La Terrona, en Zarza de Montánchez, sobre la que yo había leído en Internet que es la encina más grande de España. Ellos eran los encargados del plan de conservación de este árbol. Iban a estar tres días en Extremadura y su ruta de viaje comenzaba aquí, posiblemente porque con La Terrona alimentaban una conexión más afectiva que la obligada por su trabajo. En 1997 la vieron por primera vez. Les habían llamado para que actuaran con premura porque aquel verano el rayo de una tormenta había partido una de sus ramas principales y se temió lo peor: que aquel infortunio marcara el inicio del deterioro de un árbol que tenía más de siete siglos. Recuerdo que cuando tres horas después escribía el reportaje para televisión sobre las tareas de los tres botánicos, me pareció una ocurrencia feliz comparar la edad de la encina con el tiempo en que los almohades fueron los dueños de estas tierras. Y eso sí me dio una impresión rotunda de antigüedad porque al teclearlo y poner que La Terrona había nacido cuando los almohades ocupaban el castillo de Montánchez, la historia se convertía en un instrumento narrativo de medición para calibrar a este árbol en la escala ensanchada de los siglos: un monumento clavado a las raíces del tiempo que había sobrevivido a muchos más avatares que los que habían conocido palacios, fortalezas, mansiones o puentes bendecidos por el prestigio del arte.
Supe de Berni, Moya y Plumed la tarde de la víspera. En la redacción me habían dicho que estarían tres días en Extremadura y que yo les acompañaría para informar sobre su cometido. “Harás tres crónicas”, me habían dicho, “-no más de minuto y medio- sobre cada una de las etapas de su viaje. Vienen a revisar el catálogo de árboles singulares y a repasar cómo están algunos de ellos". Fue la primera vez que oí que había un catálogo de árboles singulares. Me sonó a folleto de lugares turísticos en medio del monte o a guía de rutas ocasionales por senderos desconocidos para ecologistas o curiosos. Pero llevado por un cierto prejuicio me parecía de corte aristocrático que hubiera un catálogo de árboles singulares, una relación de ejemplares de élite que merecían un cuidado mayor que otros árboles que no habían tenido la fortuna o el designio de distinguirse por algo especial. Entré en la página web de los tres botánicos y rodeando la pantalla se diseminaban fotografías de árboles extraños y muy bellos con una distinción de caballeros de la naturaleza que reforzaba su imagen como si su espacio concreto fuera un trono en medio de trigales y olivos. No llegaba a entender muy bien los términos técnicos que los botánicos utilizaban para describir las dolencias que padecían sus troncos o ramas y las acciones de recuperación que estaban llevando a cabo. Su lectura me hacía perder interés en los párrafos que venían a continuación y cuando llegaba a las palabras en latín que identificaban a las especies arbóreas, definitivamente claudicaba y sin ningún disimulo me marchaba a las páginas on line de los diarios deportivos para leer los titulares previos a los partidos de la Copa de Europa. Creo que por eso, a la mañana siguiente, yo tenía prisa en que ellos empezaran su trabajo cuanto antes. Hacía frío y la sensación se multiplicaba cuando racheaba el viento del norte dejándome helados los dedos incluso antes de ponerme a escribir. Y me fastidió inicialmente ese aire de tranquilidad y lentitud que ellos prodigaron en los saludos a Alonso porque era como una señal de que se tomarían su tarea sin apremio. Alonso era el dueño de la finca donde está La Terrona. Desde dos semanas antes le habían avisado de que los botánicos vendrían y estaba nervioso como si le hubieran anunciado a él mismo una cita con algún especialista en el hospital y esa misma información fuera razón de inquietud en la espera intranquila de saber si cualquiera de sus achaques de viejo podría superar de nuevo la revisión médica o tendría que emprender el camino fastidioso y temido de una intervención quirúrgica. En ese nerviosismo injustificado volvía a actualizar la lista de cuidados que había prodigando a la encina durante los últimos meses y se quejaba ante su mujer de que algunos muchachos del pueblo seguían yendo hasta La Terrona para subirse a su tronco. Ella le decía que eran las travesuras normales de los niños y le restaba importancia para que Alonso no se obsesionara con aquel detalle. Pero en el momento que pudo, tras saludar a los valencianos, les pidió que se acercaran hasta el tronco y recibió con alivio y como una reafirmación de sus pensamientos el análisis que hizo Berni cuando le aseguró que efectivamente la travesura de los niños no era tan inocente porque, según le decía, “los vasos que transportan el agua hasta las ramas más altas pasan a dos centímetros de la corteza y si ahí se pisa frecuentemente el agua no llega arriba”. Alonso sentía de esta forma justificados sus desvelos. Tener en su finca a La Terrona era como contemplar una perla regalada por la tierra, fijarse en cada una de sus esquinas o de sus alturas y comparar, como se cuida a una hija, si persistía en ella una normalidad tranquilizadora en todos sus rincones o había signos inquietantes entre sus hojas o en las ramas más pequeñas. Reforzaba así la utilidad de su vigilancia y en la medida en que Berni le daba la razón por su celo cauteloso, él se sentía, gracias a esa concesión, parte de ellos, del equipo encargado de cuidar a la encina gigante.
Los tres, con la seguridad exquisita con que se conocen los utensilios de un oficio ancestral, sacaban de la furgoneta los trajes de faena, las carlingas y las cuerdas. Se ponían las botas con un cierto aire de futbolistas en un vestuario y había un deleite sacerdotal en el prolegómeno del trabajo sabiendo ya muy de antemano qué parte de tarea correspondería a cada uno. Plumed y Moya cargaban con la escalara plegable y la apoyaban sobre uno de los cimales de La Terrona. Subían al árbol como si hubieran mimetizado cualidades de gatos y simios y en pocos segundos ya estaban en la copa mirando la dehesa de Zarza desde la cúspide de sus dieciocho metros de altura. Berni les pedía desde abajo que le tiraran muestras de las hojas y me llamaba la atención la pulcritud rigurosa de sus exhortaciones como si las palabras ya tuvieran una oculta habilidad curativa y conviniera ir dispensándola desde el principio para mitigar las dolencias del árbol. Berni nunca hablaba de cortar sino de hacer reducciones en las ramas y como si quisiera justificarse ante mí, me decía que una cosa es cortar y otra, bien diferente, podar. “Cortar lo hace cualquiera que tenga un serrucho”, matizaba, “pero podar es cortar por un motivo específico. Un cirujano”, proseguía, “nunca habla de cortar sino de intervenir, de actuar, por ejemplo, en una pierna o en un riñón”. Ese símil buscaba una identificación deliberada porque en parte ellos son médicos de los árboles y subrayando las comparaciones él me explicaba didácticamente que la enfermedad de La Terrona es la osteoporosis, una fragilidad nacida de los riesgos de fractura que tienen sus ramas porque tras la aparente imagen de envergadura y consistencia se ocultan en su interior cavidades secretas y muy achacosas que pueden desmoronar una parte de su esqueleto. Con una lupa, Berni miraba en el reservo de las hojas para ver si aparecían huellas de oídio o cochinilla. En realidad no era su preocupación principal. Sabía que los parásitos se podían eliminar con una fumigación medida, pero observando entre los pliegues de las hojas retrasaba la petición que, era consciente, tenía que hacer a Moya y que el propio Moya conocía desde la primera ojeada que echaron a la encina. Volvió a la furgoneta y cogió un martillo de madera que estaba bajo cascos con linternas que me hicieron suponer que hay ocasiones en las que ellos también suben de noche a los árboles. Pidió a Moya que bajara prácticamente hasta el tronco y le dio el martillo. Con menos desparpajo y acercándose hasta el gran muñón ya envejecido donde cayó el rayo, Moya se dejó caer levemente sobre la malla de cuerdas que le sostenían y que tenía sobre las ramas y empezó a golpear con intervalos enigmáticos la corteza de ese brazo roto de La Terrona. Berni y Plumed también afinaban sus oídos y se concentraban en la gravedad sepulcral del ruido procurando calcular, como si la vieran con los ojos cerrados, la longitud de la cavidad interior de esa rama. Era una resonancia hueca, cavernaria y de agua freática. José Luis, mi cámara, había dejado pulsado el record y mientras la cinta seguía grabando parecía como si circulara por un mismo fluido la sonoridad del golpe, que pasaba del aire a la cámara y de la cámara hasta nosotros como un eco que surgía de su sonido metálico. Y así asemejábamos el suspense y la respiración contenida de aquellas películas de submarinos en las que la tripulación asumía un silencio sumergido y luctuoso cuando los barcos enemigos soltaban las cargas explosivas desde la superficie y explotaban en las inmediaciones de la nave. “La resistencia”, comenzó a decir Moya, “aquí es débil porque debe haber al fondo una cavidad. Suena demasiado hueco y la madera parece más envejecida”. Berni miraba la parte contigua a la elegida por su compañero para golpear con el martillo y moviendo la cabeza a derecha e izquierda pausadamente reconocía que habría que podar ramas justo en el lado suroeste de la copa siguiendo la perpendicular de la antigua rama que la tormenta destruyó. “Tenemos que reducir la carga sobre este punto de fractura”, añadía, “si no el día menos pensado podría ceder el muñón y las consecuencias serían peores que si no actuáramos”. Plumed y Moya habían vuelto a la copa y ahora balanceaban las ramas más altas. Comprobaban así la elasticidad de su madera y se dejaban cunear con el giro suave de su propio movimiento. Pero el balanceo no debió corresponder al vaivén exacto que los tres hubieran deseado porque por el gesto de Berni comprendí que las ramas no oscilaban con la flexibilidad necesaria y eso otorgó más razones a su convicción. “Ya sé”, me dijo, “que cuando el viento mueve las ramas no se cimbrean como deberían. Persiste el riesgo de fractura y ahora sí que te digo con toda seguridad que en unos meses habrá que podar arriba”. En sus actitudes dejaban entender que la poda, aunque fuera muy parcial, era la menos deseada de las opciones a su alcance, y al llegar a esa conclusión su dinamismo tranquilo parecía entrar en zona de sombra como si nubes adelantadas auguraran la llegada de un tiempo de lluvia. Me sorprendía que ahora Alonso no transmitiera ninguna inquietud. Seguía moviendo el palillo entre sus dientes y detenía su curiosidad en los desplazamientos de José Luis mientras éste continuaba grabando a los botánicos. “La podaran bien”, me señaló Alonso, “saben su trabajo y eso le digo, que conozco esta encina desde que era niño y si hoy este árbol sigue en pie es por el oficio de estos señores que saben lo que se traen entre manos”. Berni le estaba escuchando y desde justo el lado contrario de La Terrona le contestó que en octubre cuando volvieran a Extremadura descargarían las ramas altas porque ahora era mejor dejar pasar la primavera.
Siguiendo sus idas y venidas entre ramas delgadas que sin embargo aguantaban con seguridad su peso, le pregunté a Plumed que cuánto podría llegar a vivir La Terrona. “Más de lo que te puedas imaginar”, me respondió, “si no hubiera una desgracia grande como que viniera un incendio que arrasara esta finca, Dios no lo quiera, o llegara otra tormenta fuerte que soltara un rayo fatídico”. Y dejando caer las palabras como un adivino de grandes portentos me dijo, un punto solemne, que La Terrona podría llegar a vivir tres mil años. Y esa cifra me parecía un imposible, una dimensión de número inabarcable como si nadie hubiera podido anticipar en su tiempo que las pirámides, por ejemplo, terminarían por recorrer velocidades de luz para seguir siendo triángulos erectos más allá de civilizaciones que llegaron después. En ese instante sí creo que tuve la impresión certera del porqué del nombre de estos ejemplares: árboles monumentales, la magnitud poderosa de esta especie de torre natural bajo la que Alonso se paseaba con el orgullo de verla ondeándose sobre su propia dehesa mientras médicos del bosque la seguían mimando con esa atención minúscula y obstinada de las hormigas, la misma que los restauradores muestran en los palacios cuando tienen que recuperar el artesonado rasgado de un techo árabe o las gárgolas azotadas por el viento en las cubiertas de un monasterio medieval. José Luis y yo teníamos que volver a la redacción. Había que preparar la crónica que esa tarde se emitiría en el informativo. Me preguntaron a qué hora saldría. “A las ocho de la tarde”, les contesté ya subido al coche. “No olvides”, me recordaba Moya todavía subido a La Terrona, “que mañana nos vemos en Valverde de Leganés”. “De acuerdo”, asentí conforme subía la ventanilla del Ford.
De vuelta a Mérida me regresaban a la cabeza las fotografías expuestas en la página web de los botánicos. Ahora no me llegaban con la frialdad de sus nombres en latín o con la sequedad de los términos prolijos que describían sus rasgos científicos. Ahora no, ahora tenían el ritmo acompasado de los labios de Alonso mientras daba más vueltas al palillo, la suavidad gatuna de Moya y Plumed subiéndose a las ramas de la copa o el sonido de siglos que el martillo atrapaba del muñón descubriendo las lunas menguantes de la colosal Terrona. Y algo de eso quise que el reportaje dejara en quien lo viera por la tele, pero no sé si supe transmitirlo porque le pasé unas notas al editor para que concluyera el montaje y no lo vi completo. Estaba cansado y la idea de viajar al día siguiente a Valverde para seguir acompañándoles en su trabajo me hacía perderme en miradas a la ciudad mientras volvía a casa tal vez adelantando, en el contraste entre los campos que había visto por la mañana y los edificios nocturnos que veía ahora, la complacencia que horas después intuía que volvería a sentir al contemplar nuevos árboles.
Se hundía con una delicia capaz de conseguir que un agua de deleite se derritiera en la boca de cualquiera que lo mirase. Moya hacía bailar de nuevo la cabeza de un churro sobre la materia gelatinosa del chocolate en su taza y se demoraba porque no quería comerlo todavía. Buscaba excusas para el retraso y lo hacía planteando preguntas que seguro ya le había hecho a Berni la noche anterior: “¿queda lejos la finca a la que vamos hoy?, ¿oye, hace dos años no fuimos ya a catalogar un almendro antiguo por las tierras de Manzanares?” Berni le respondía con la concisión de un oficinista -no, no está lejos la finca, o no fue en Manzanares sino en Munera- y al contestarle así parecía apremiarle para que terminara su desayuno, sentado en un velador al lado de la única ventana que daba hacia el este y por donde entraba un primer sol tímido y muy de invierno que al reforzarse en el cristal otorgaba a Moya una calidez de chimenea invisible tan tentadora que casi era una herejía que se desayunara cuanto antes sus churros. De esta forma, sus muerdos eran prolongados y lentos, dejando incluso que alguna gota del chocolate se dibujara sobre la comisura de sus labios; gota que remataba con el pico de una servilleta de papel para llevarla de nuevo al filo goloso de su lengua. Los tres estaban en un bar de Valverde de Leganés y al llegar Plumed nos invitó a que pidiéramos algo en la barra. José Luis se apuntó a una rebanada de mantequilla, quizás estimulado por la que comía un lugareño -una porción de pan poblada de tostaduras que la hacían irresistible- y yo alargué la mano al dueño para decirle que me trajera uno de los botes de zumo de piña que tenía a su espalda. En el cuaderno de trabajo de Berni se podía leer que hoy tendrían que hacer el informe de un almendro para decidir si finalmente se incluía en el catálogo de árboles singulares. “Tiene once metros de alto”, les había dicho el alcalde, “y en nuestro término municipal es el más bonito que tenemos. Ya lo veréis, el perímetro de su tronco supera los dos metros y da gusto verlo con sus ramas en plena floración”. Cuando venían a Extremadura, los tres botánicos tenían que revisar u ordenar acciones de conservación para encinas y alcornoques, por eso trabajar ahora con un almendro les concedía una novedad que reforzaba su pasión cotidiana por los árboles. Y es cierto que ya habían catalogado algunos en su carrera, pero no recordaban haberlo hecho nunca en Extremadura y este motivo parecía dar al día un afán especial como si de alguna forma lo estuvieran esperando para enriquecerse con la simple dicha de los estímulos rutinarios renovados adrede.
El almendro de La Pina está entre olivos y barbechos de secano. Un camino cruzado por un par de arroyos lleva hasta una vaguada donde yace como un esqueleto de vaca india y venerable la herrumbre de un remolque viejo que todavía conserva los neumáticos deshechos y calcáreos de sus cuatro ruedas. A su lado, como un árbol de tierras de Reconquista se levanta La Pina. Por aquellas fechas, el momento de su máxima floración ya había terminado, pero aún se podía disfrutar del abanico en blanco que se desplegaba por todos sus contornos dotando a sus ramas de una primavera de espejismo que se galanteaba orgullosa sobre los verdes apagados de los olivos próximos. Les pareció un ejemplar realmente hermoso, pero no manifestaron una especial predilección. Comenzaron a sacar sus utensilios de la furgoneta y mientras llevaban la escalera hasta su tronco repasaban de memoria las tareas que iban a comenzar a realizar. Plumed cogió un pequeño estuche y de él sacó un dispositivo electrónico que al principio no fui capaz de identificar. Era un GPS y lo posó sobre una piedra muy cerca del tronco. Cuando examinaban un árbol que podría merecer su inclusión en el catálogo, Plumed decía que lo primero es saber su domicilio, conocer la calle en medio de las cuadras invisibles de la dehesa donde este armazón vegetal, recitaba, echa raíces. Había colocado un ordenador portátil sobre la chapa oxidada del remolque y utilizando sólo sus dedos índices, alejando con desconfianza los ocho restantes, escribía con la pulcritud indecisa de un escolar las coordenadas de longitud y latitud donde se localiza el almendro. Después cogió su cámara fotográfica y se puso muy cerca de las ramas más bajas. Quería sacar instantáneas a primer plano de las terminaciones más sutiles, recrearse con la magia de colores que podía intuirse en el visor jugando con el foco entre el blanco malva de las flores y el verde disperso que quedaba al fondo por las hierbas altas al borde del camino. Serían fotografías que quedarían colgadas en su página web, el testimonio renovado de su diario, el que yo comenzaba a comprender que escribían así, con este trabajo ceremonioso y útil, ligado al misterio de estas formas inéditas de la naturaleza. Moya ya se había subido a la copa y Berni tocaba con sus uñas trocitos de madera disoluta que descansaban sobre el tronco y que desde el principio centraron su atención. Cogió de una caja metálica de herramientas una brocha de cerda fina y comenzó a retirar con ella flores muertas caídas sobre la parte superior del tronco y esquirlas que se desvanecían hacia abajo apenas tocadas por el filo de la brocha. “La Pina tiene una cavidad demasiado grande aquí mismo y necesito saber hasta dónde llega”, me decía. “Lo importante es la madera viva de un tronco, es ella la que permite que la savia suba a la copa del almendro y su extensión es fundamental para cargar correctamente con el peso del árbol”. Los ojos de Berni se acercaban al interior del agujero como si fuera un oso hormiguero buscando un recoveco oculto. “Cuando una cavidad se extiende muy al fondo”, explicaba con deje profesoral, “existe un riesgo real de desgajamiento porque del tronco nacen los dos cimales y ellos son la columna vertebral de toda la masa del árbol”. Plumed continuaba metiendo datos en el ordenador, pero de reojo miraba a su compañero y como si fuera una confidencia le decía en voz baja a José Luis que “La Pina no tiene mal aspecto, pero el leño no está tan fuerte como creíamos y con el tiempo habrá que poner costales de refuerzo”. En el pueblo les habían dicho que la cola de un incendio, hacía veinticinco años, había afectado a la base del árbol, pero ellos no lo consideraban tan importante porque pensaban que el árbol tenía suficiente capacidad de regeneración. El detalle que quizás Berni no había valorado como ahora entendía que debía haberlo hecho era que el almendro en sus 200 años de vida nunca había sido podado. Este hecho le daba una fisonomía espectacular, no sólo por su altura sino por las formas arabescas y curvadas de sus ramas altas que le hacían asemejarse brevemente a esos árboles altos de la sabana que se dibujan precisos sobre las llanuras que anteceden al Kilimanjaro refugiando bajo su gran sombra circular a corros de antílopes y cebras. Lógicamente no era tan majestuoso, pero su tela blanca de flores reforzaba esa impresión de dominio y parecía convertir en irreal el grosor de su cavidad inferior, la que a Berni le hacía dar una y otra vuelta al tronco para calcular ese riesgo de fractura. “Son las cosas de la vida”, proseguía, “el valor supremo de La Pina es precisamente que nunca ha sido podado, pero su mayor logro es también su mayor servidumbre, porque su crecimiento sin control ha debilitado el tronco y los años han hecho que se agrietara mucho más la cavidad”. Era tal el ensimismamiento en el que Berni se sumergía que no se dio cuenta de la cercanía de un piara de cerdos negros que había salido del cercado de una nave de campo y que se aproximaba a nosotros con la confianza sorprendente de perros de manada que acuden a sus dueños para recibir comida. El claxon apretado por Plumed les asustó mientras Berni cogía un resistógrafo de la furgoneta. Era un artefacto en forma de subfusil cuadrangular que no hacía difícil acordarse de las armas interestelares de la primera película de la Guerra de las Galaxias. Berni daba ahora un aire de soldado del futuro. Vestido con su uniforme naranja y moviéndose con esa especie de pistola espacial parecía dispuesto a una incursión entre sus ramas, pero sus propósitos eran mucho más humildes. Había sachado apenas cuatro centímetros en el nacimiento del árbol para elegir un punto húmedo por el que introducir la aguja del resistógrafo. Su sonido era similar al de las sierras más sutiles de carpintería y conforme penetraba en el tronco iba dejando una línea continua que se grababa sobre un impreso enrollado al interior del artefacto. Dibujaba un recorrido similar al de los cardiogramas y era tan enigmático como los de la máquina de la verdad en los programas de prensa rosa. Berni distinguía instantáneamente la calidad de la madera que la aguja iba horadando. “Se alternan trozos de madera activa con otros de leño muerto, pero la gráfica no es tan mala como creía. La grieta que desciende desde la separación de los cimales tiene un hueco de unos 35 centímetros hacia el fondo, pero afortunadamente no baja tan a ras como para afectar a la base del madero. Eso hace que el agua no se conduzca tan mal hacia arriba”, se animaba, “y facilita que las ramas se extiendan con esa altura que ahora tienen”. Arriba, Moya medía con un metro plegable la anchura de lo que llamaba los últimos crecimientos -eran justo la parte final de las ramas, el tramo delgado que precede al nacimiento de las flores-. “No son malos”, decía, “entre siete y catorce centímetros”. “No son malos, es cierto”, remachaba desde abajo Berni.
José Luis, al lado del tronco, tenía dificultades para seguir con la cámara los movimientos de Moya en la copa. El reportero jugaba a moverse marcando una vertical hacia arriba para filmar los desplazamientos que hacía el botánico, pero como en la imagen se cruzaban las ramas, la figura de Moya quedaba desperdigada en silueta de ectoplasma como si fuera, vista a través del visor, la huella de un furtivo que buscara extraviadamente el germen de las que puedan ser las mejores almendras. José Luis dejó a Berni que viera el plano y ahora sí, por primera vez, el naturalista se había liberado de la preocupación por la fisura del tronco y se deleitaba con la magia de formas y sobreentendidos que el movimiento de Moya dejaba en los ángulos del visor. “Eres como un fantasma despistado”, le gritaba Berni. Y Moya le invitaba a cambiar de papeles y que fuera Berni el que se subiera para medir tediosamente el diámetro de las últimas ramas. Junto al remolque, Plumed seguía anotando con los dos índices las mediciones que Moya le cantaba desde arriba y según las escribía, me siseaba en ese tono tan suyo de reserva: “no es un mal ejemplar, Antonio, no lo es en absoluto”. La Pina en invierno es como un algodón que se alza sobre olivos que envidian su porte y que, a la vez, le rinden tributo con ese reconocimiento que tiene lo evidente, la belleza que se desentumece sin comparación posible y que está ahí, clavada al paso del tiempo con la misma tozudez con que sus propias raíces se anclan a la tierra. Yo intentaba imaginar cómo hubiera pintado, por ejemplo, Van Gogh el escorzo enrevesado y de tentáculos de este almendro sorprendente, esta iniciación a los árboles bajo óleo de invierno que me atrapaba progresivamente al compás del trabajo de los propios botánicos. Y suponía al genio lanzando pinceladas nerviosas y eléctricas para inventar, por lo que podía sugerir la copa, una forma de nube abierta y ondulada en la que reina el blanco moteado de sus flores porque el sol de febrero es como una línea oblicua con piel de calabaza que no hiere a los ojos, que no se unta de la suficiencia de los rayos de primavera. Y en ese matiz de difuminados intentaba inútilmente suponer qué composición de mezclas reales y abstractas habría dejado Van Gogh en un lienzo sobre La Pina, qué dibujo habrían merecido esos tres hombres vestidos con trajes de futuro que le habrían dicho que eran fitólogos y que rellenaban cuadernos de campo para aconsejar que este árbol entrara en un extraño inventario de ejemplares singulares. Me aparté de la ensoñación y viendo a Berni que se alejaba de La Pina para otear en panorámica los círculos de su contorno le pregunté en voz alta: “¿vais a dar vuestro beneplácito?” “Claro que sí, no todos los días se ve un almendro igual a éste”, me respondía. Y él me llevaba de nuevo al reguero de nuevas pistas que, más que aclararme las sensaciones, me empujaba a proponer otras sugerencias escapando de la realidad que razonablemente se podía describir y que ya poco tenían que ver con el prisma de un periodista. “Fíjate”, me remarcaba, “este leño es ahora una combinación frágil y a la vez duradera de madera viva y de materia descompuesta. Sería mucho peor que intentáramos quitar la madera muerta porque si lo hiciéramos la parte sana del tronco perdería un apoyo indispensable para aguantar todo el peso que tiene encima”. Berni colocaba su mano izquierda, abierta la palma hacia arriba como si fuera una base, y sobre ella ponía el codo de su brazo derecho para dibujarme en vertical la forma de La Pina, y me explicaba que “la madera muerta actúa ahora como una escayola, como una armadura que aunque esté oxidada, ayuda al tronco impidiendo que el almendro se desgaje a la mitad”. Conforme hablaba, yo intentaba dar forma en mi mente a este equilibrio paradójico que a veces produce la vida y la inercia, la alianza que el tronco de La Pina preserva guardando como un secreto la inanidad de su madera perecida y su lealtad al cuerpo vulnerable de su leño vivo. Ahora, más que en la majestuosidad de sus brazos al cielo, yo me detenía en los laberintos ocultos de este árbol, ésos que los tres botánicos me permitían conocer cogiéndome de la mano como un padre cruza plazas y calles para llevar a su hijo a un parque nuevo donde los toboganes y columpios hoy son diferentes a los que antes conoció. Me abría un pellizco de nostalgia saber que no podría escribir estas sensaciones en la noticia que haría esa tarde sobre el almendro, por eso tomé como un respaldo inmediato para encabezar mi crónica los comentarios que Moya me hacía mientras bajaba desde la copa: “grábate en la cabeza, Antonio, que La Pina no es sólo valiosa por su tamaño o por su belleza, lo es por lo que te ha dicho Berni, es un almendro de 200 años y nunca ha sido podado. No sé si alguna vez habrá que hacerlo”, se preguntaba, “pero lo que sí tiene su mérito es la generosidad de este tronco, que aquí sigue como un campeón soportando todo el peso a pesar de las grietas”. “Es posible”, se incorporó al corro Plumed, “que algun día, como le dije a José Luis, tengamos que hacer un refuerzo a todo el perímetro del leño para que los cimales no cedan, pero este árbol es una joya que vale su precio en oro”.Crecía la luminosidad del mediodía y yo de nuevo me acordaba de Van Gogh como si a los vacíos y astillas de este árbol yo les inventase una conexión premeditada con la mente herida del gran genio. Y pensaba, tal vez puerilmente, que a él le hubiera gustado contemplar este árbol, pintarlo en sus recovecos ocultos y sabios tan desconcertantes como el equilibrio mágico que la vida y la muerte consiguen en las incógnitas de su tronco. Sentado ante el ordenador y de regreso ya en Mérida, yo esbozaba comienzos para que la noticia me quedara redonda. Tecleaba con cierta indecisión y mirando mucho el teclado como si quisiera ajustar con mucho tino las ideas visuales que viajaban demasiado rápido por mi pensamiento. Improvisaba la primera frase, pero sentía que no me salía bordada. Quería decir algo como que si Van Gogh hubiera conocido Extremadura se habría encaprichado de esta quinta para pintar el almendro, pero la noticia sólo podía tener minuto y medio y resumir en ese tiempo el baile de ideas me parecía un esfuerzo ímprobo y difícil de hacer entender, por eso creo que me limité a escribir: “nunca unos brazos que jamás fueron cortados merecieron más el premio que un almendro regala al paisaje de Valverde. Se llama La Pina y se alza con la elegancia de los palacios imaginados. Muy pronto tendrá su sitio en el catálogo de los árboles singulares”. No lo recuerdo, pero es posible que, desde el límite del camino donde se quedó mirando las formas amplias y plateadas de La Pina, a Berni le acompañara una manera de extasiarse que no era suya del todo como si la hubiera tomado por un instante de ese pintor extranjero y alguien le dijera que aquel almendro generoso ya era el óleo de un tiempo pasado tan evanescente y complejo como los detalles de sus faenas entre las ramas y los troncos. Una sugestión que volvería a contar con nuevas bazas a la mañana siguiente cuando los tres subieran hasta el monte donde se levanta El Postuero.
Nos habíamos espabilado para organizar con tiempo nuestro tercer viaje. De hecho José Luis había dejado la cámara, el trípode, la caña de sonido y los micrófonos en el maletero del coche para no perder tiempo muy de mañana cuando saliéramos hacia Castañar de Ibor. Antes de emprender viaje sólo tendría que recoger las baterías de la cámara que había dejado cargando en el almacén de reporteros y nos iríamos de inmediato. Pero los 143 kilómetros entre Mérida y Castañar se me hicieron más largos de lo que yo preveía. Sucedía que muchas veces cuando salíamos de viaje para hacer alguna noticia surgía una conversación deshilachada entre los que íbamos en el coche y de su contenido simple nacía una incursión que llenaba los minutos envolviéndonos en una sensación falsa donde parecía que el viaje no era una ruta en camino sino una mera travesía de pueblos y campos donde se congelaba la noción del tiempo.
Recuerdo que José Luis, que se había colocado en el asiento del copiloto, le comentaba a Fernando, nuestro conductor, cómo había intentado hacer la mañana previa el plano bajo La Pina con el visor hacia arriba, dirigido totalmente en vertical, para sacar, dando un giro sobre sí mismo de 360 grados, la imagen circular del almendro intentando jugar con los destellos somnolientos que aparecían al trasluz de los rayos del sol y de la silueta de las ramas dando forma a una especie de techo de vidriera que dejara pasar la claridad sólo entre los huecos de los cristales rotos. José Luis reconocía que el resultado no fue el que había esperado y al ver la cinta por la tarde en la cabina de montaje, me pidió que no incluyera el plano en la crónica porque le parecía que estaba hecho por un turista aficionado a los vídeos. Fernando, mientras cambiaba de marcha con el sigilo de los taxistas de pueblo, le decía a José Luis que estaba bien que intentara nuevas cosas y que aunque no salieran, “siempre se agradece probar otros recursos para que la grabación no sea la copia de otra”. Fernando era un apasionado de sus dos pastores alemanes. En verano, cuando no estaba de servicio, solía llevarlos hasta el lago Proserpina. Se acercaba hasta el embarcadero desde el que los niños hacían bombas tirándose al agua y, cuando éstos no estaban, les tiraba a cada uno de sus perros un palo para que lo trajeran de nuevo hasta la orilla. El conductor aprovechaba para grabar a sus mascotas con el teléfono móvil. Le gustaba la agilidad y el tesón que los dos utilizaban para bracear por el lago y la jovialidad con que subían al embarcadero para sacudirse allí el agua como si fuera el centrifugado de una lavadora y dejar junto a sus pies los palos que les había tirado. Acto seguido comprobaba la grabación que había hecho con el móvil y le encantaba escuchar, a través de él, el sonido reciente del jadeo de sus perros mientras traían el cebo. Había una huella en ese pasatiempo deudora de los años trabajados para aquella televisión como si ver grabar a los reporteros le hubiera hecho asimilar sus escorzos y guiños empujándolo en una corriente subterránea a inventar situaciones similares donde su móvil se convertía en una cámara y los lugares en un espacio de rodaje donde él se introducía para buscar los mejores encuadres. Y en la confidencia de José Luis cuando le hablaba del plano vertical grabado a La Pina, es posible que él se viera parado en el embarcadero intentando en la simulación inventar una secuencia nueva y a la vez ya vista como coger una imagen de sus perros con el atardecer al fondo en esa luz vespertina donde el color rojizo compone figuras evocadoras de mares y faros. Una toma que Fernando no se cansaba de ver hacer a los reporteros cuando concluían las cintas porfiando por grabar el mejor crepúsculo. Y en ese serpenteo, el viaje a Castañar se prolongaba lánguidamente como si hubiese habido un trastoque de las horas y más que ir pareciera que ya volviésemos del pueblo. Sólo me devolvió a la realidad el hecho automático de mirar el reloj y darme cuenta de que ya eran las diez menos cuarto y todavía no habíamos llegado a Deleitosa, a 26 kilómetros aún de nuestro destino. Sabía que los tres botánicos habían comenzado ese día bien temprano porque su trabajo esta vez era muy distinto al de las dos jornadas anteriores y no estarían tan pendientes de nosotros para explicarnos matices de la tarea de esa mañana. Me puse nervioso al llegar a la calle principal de Castañar y ver que no había ningún indicativo hacia la chorrera de Las Calabazas. Dos jubilados se cobraban el calor limpio de la luz matinal sentados perezosamente en el poyo a la entrada de una panadería y me dijeron que el coche de la policía municipal acababa de aparcar en una bocacalle próxima. Seguro, me explicaron, que al sargento no le importaría guiarnos hasta la chorrera porque el acceso no era fácil y podríamos confundirnos con las veredas que los apicultores usan para llegar a las colmenas. Efectivamente, el sargento nos guió con su Renault 4 hasta el paraje y desde el cordel ya pude ver el color naranja de los uniformes de Berni, Plumed y Moya que se confundían con las ramas desnudas y apretadas de los castaños de la ladera.
El paraje de La Calabaza tiene en invierno un aspecto lunar, parece un espacio ganado a leyendas de pastores solitarios que saben que en primavera sus árboles se rocían de una belleza profunda y que la callan para que permanezca como un lugar intacto, una reserva de cautela donde los búhos vigilan la soledad de las jaras y los pasos se confunden para eludir huellas que nadie presupone. Diecisiete castaños viejos sobreviven en esta garganta. A finales del siglo XIX había cientos de ellos y probablemente prestaron su presencia para dar nombre al pueblo de Castañar. La mayoría de los árboles murió en la década de los 20 por culpa de la tinta. La tinta es un hongo que ralentiza la conducción de la savia y que termina provocando la devastación de toda la arquitectura del árbol. Los diecisiete castaños son auténticos supervivientes, ejemplares tal vez dotados de una pudorosa condición de eternidad que les hizo inmunes al embate de la tinta y que vieron verticales y silenciosos la rendición del bosque.José Luis, al plantar el trípode con la cámara hacia el norte para evitar el contraluz, ya pudo darse cuenta del gesto concentrado que Berni interpretaba apoyado sobre la rama alta del castaño. Estaba en El Postuero. El botánico pegaba sus manos a dos cadenas que medio metro más arriba giraban sobre una polea. La habían fijado a una de las ramas más seguras. Si se prestaba atención podía advertirse el trabajo laborioso que habían estado realizando durante las primeras horas del día. Habían instalado un juego de poleas que conducía finalmente hasta el tronco de otro castaño próximo que servía de contrapeso para aguantar el cimal amortajado por las cadenas. Era una rama imponente de casi mil kilos que había quedado descolgada, pero no amputada del todo, cuando treinta años antes un rayo cayó sobre El Postuero. Durante veintisiete años el árbol había aguantado bien, pero en los últimos tres su tronco había ido perdiendo resistencia y ahora la continuación del madero seco, inhábil en la copa, amenazaba con derrumbar todo El Postuero. Era necesario retirarlo, pero no valía serrar por la zona de la fractura y dejarlo caer por su propio peso. El Postuero es un árbol señorial y frondoso y la caída sin control del cimal podía dañar gravemente las ramas que salían de su tronco apenas un metro arriba del nacimiento de su vuelo. Berni, Moya y Plumed tenían también rodeado el madero con tiras rojas muy resistentes de un material del que ahora no recuerdo su nombre y, tendido en perpendicular, su parte más estrecha ya miraba hacia el suelo. El problema era la cercanía de esas ramas inferiores que cortaban el paso a la bajada. Tenían que tomar una decisión: recortar al menos unos cuarenta centímetros en la parte inferior para restar peso al leño. Berni le ordenó a Moya que lo hiciera aun a riesgo de que pudiera llevarse en su caída un par de ramas. Cortó con la sierra y justo antes del final, cuando quedaban unos cuatro centímetros para desprender el trozo, lo empujó con sus pies y en el propio balanceo de la rama, el muñón terminó por desgajarse. El cálculo no fue erróneo porque la caída se produjo por la parte menos poblada del árbol y el mazo se estrelló contra el suelo quedando inerte como un fardo de acero y chatarra. Berni desde arriba no parecía inmutarse. Era como si hubiese tenido la seguridad previa de que el corte sería el preciso y su pensamiento ya estuviera pendiente del siguiente movimiento, preocupado por la bajada del resto del madero. Antes de que ellos pudieran cambiar sus posiciones, José Luis les pidió un segundo para mover la cámara y el trípode hasta otro emplazamiento desde el que continuar la grabación. Ellos asentían cumpliendo como reclutas su solicitud y no había palabras, no contestaban a José Luis, el silencio presidía hoy cada una de sus acciones como si ahora efectivamente estuvieran en un quirófano y tuvieran que enfrentarse al momento quirúrgico más delicado. El juego de poleas controlaba la parte superior del cimal y las tiras rojas aprisionaban su grosor para que no se balanceara. Plumed sabía que tenía que hacer una nueva lazada en la parte inferior para dirigir el descenso desde abajo con una soga que también pasarían sobre el tronco del castaño cercano. Subió de nuevo con la agilidad de un babuino entre las primeras ramas y se quedó justo debajo del madero para atar la soga. José Luis concentraba su mirada en el visor y era él quien más se persuadía del riesgo de la tarea. Había elegido un plano corto y en el detalle del encuadre, sobre el casco de Plumed, se podía ver a unos veinte centímetros la masa compacta del madero. Por mucho que estuviera sujeto por las poleas y las tiras, la magnitud de la rama hercúlea sobre la cabeza del botánico despertaba inquietud o al menos a nosotros sí lo hacía porque era demasiado tajante la imagen de fragilidad que Plumed reflejaba bajo aquella columna. Y desconcertaba hasta cierto punto ver a Berni tranquilo sujetando atento, pero sin excesiva tensión, el juego de las poleas: la misma serenidad con la que Moya desde el suelo daba recorrido a la soga para que Plumed pudiera contar con toda la que quisiera a la hora de hacer la lazada. José Luis y yo preferíamos seguir su trabajo mirando a través de la cámara como si nos protegiera la sensación de distancia que muchas veces produce ver los acontecimientos a través de un televisor, esa percepción neutra de la pantalla donde se reciben con impactos atenuados las imágenes de un accidente de avión o la destrucción de chabolas y poblados tras el paso de un huracán por un país de Centroamérica. Pausadamente, como uno imagina a un artificiero desactivando un explosivo, Plumed fue asegurando las rotaciones de la soga y cuando la tuvo bien fijada le pidió a Moya que tirara desde el otro extremo para afianzarla al tronco. Anoté el minuto en el que había quedado grabada la escena en la cinta y mirando de nuevo hacia El Postuero le pregunté a Berni dónde se tenía que poner la cámara para conseguir el mejor plano del descenso final. Berni le aconsejó a José Luis que buscara todo el frontal del castaño y que se retrasase unos diez metros, más arriba en la ladera. Comenzó a escucharse el crujir de las cadenas sobre las poleas y Moya y Plumed sujetaron la soga desde el suelo para dirigir la caída. Muy despacio, con una lentitud de movimiento entumecido y viejo, se veía por fin cómo el cimal bajaba. La soga que movían Plumed y Moya permitía que la punta sortease las ramas inferiores y parecía, mirando de nuevo desde el encuadre de la cámara, como si fuera el propio madero el que hubiera decidido abandonar el árbol para permitir la prolongación de la vida sin la rémora de su presencia vacía y condenada. Había algo de procesión sagrada en este momento, como el último afán de los costaleros antes de devolver una talla a su iglesia. Moya y Plumed mientras tensaban la soga me rescataban la imagen de los soldados norteamericanos en esa estatua que Clint Eastwood filmó para una de sus películas donde los marines supervivientes, oblicuos y obcecados, erigen la bandera de las barras y estrellas. Los dos botánicos parecían imbuirse de esa misma punzada heroica, más material conforme la iban combinando con la expresión de alivio que poco a poco conquistaba su rostro a medida que el cimal iba descendiendo sin rozar las ramas inferiores. Se doblaba así la impresión de ceremonia, de homenaje póstumo como el retardo deliberado de esa procesión que los feligreses se niegan a concluir, y cuando por fin Berni les dijo que soltaran la soga, lo hicieron con un ápice de renuncia queriendo tal vez que la bajada no tomara en ningún momento una aceleración confusa, atropellada, indigna de aquel cimal que merecía caer con la sobriedad de una deidad egipcia, como los guardianes fieles saben que un féretro de rey debe reposar en la última morada. Al soltar, Berni también apartó con exactitud de cronómetro sus dos manos de las cadenas, y ya sólo se escuchó el eco sepulcral de los mil kilos de leño cuando cayeron limpios a los pies del Postuero. No se había dañado ninguna de las ramas vivas y quedaba así sellado el éxito del trabajo. Hoy la cita no había tenido el aire extrovertido que tan familiar había resultado en las dos jornadas anteriores. Hoy la tarea no había sido tan propicia para el cruce de diálogos y descripciones que tanto me había ayudado durante las grabaciones de La Terrona y La Pina. Los tres botánicos habían compartido más que nunca ese código personal y fértil que no es difícil imaginar en ellos, un código íntimo, nacido tal vez del oficio amasado con la ecuanimidad y hondura del tiempo como si solo con los actos fugaces todo se supiese para disponer de la siguiente acción, para calcular cuál es la decisión más favorable frente a los obstáculos que aparecen en el devenir de cada cometido. Sudaba Berni cuando bajó del Postuero y más cuando se quitó el casco y yo veía cómo las líneas de sudor abandonaban su pelo para formar bifurcaciones caprichosas entre los claros y frondas de su barba. El cimal era ahora un banco improvisado y Moya, sentado sobre él, estiraba sus pies para apartar hojas resecas a las que miraba con su pensamiento escindido en otro ámbito, tal vez ya percatándose deque dentro de unas horas estarían por la carretera de Ciudad de Real, de regreso a Valencia.
Fernando mientras tanto se había internado, paraje abajo, por otras veredas de La Calabaza y ahora, al volver, nos invitaba a que le siguiéramos para ver otros castaños. La chorrera bajo la luz sobria de invierno traspasa el tiempo y la imaginación y se descubre como un paisaje enigmático de novelas mitológicas, un trozo de tierra que alguien hubiera birlado de las películas del Señor de los Anillos y aterrizara ante nosotros con esos árboles altos y antiguos que extienden sus ramas para formar arcos umbríos que lucirán vivaces cuando llegue la primavera. José Luis plantó su cámara ante el castaño hueco, un árbol tendido en la orilla del arroyo que solo tiene agua cuando la chorrera mana en las semanas de lluvia, y que el sargento nos dijo, nada más subir al paraje, que más de una vez había servido de refugio para amores urgentes o de rincón de sueños a destiempo para pastores ermitaños que suben el ganado hasta los pastos del monte. De los diecisiete árboles tal vez el que más me impactó fue el castaño de la Bruja. “Pura dignidad”, escribí luego al hacer la crónica, “de un árbol que se muere y que hoy sólo conduce savia por una de sus ramas”. El tronco tenía altorrelieves que bien podrían confundirse con la cara ajada de una mujer muy añosa, y hacia el centro parecían expandirse unos nudos cerrados de madera, grumosos como verrugas sobre una piel que efectivamente sin exigir mucha imaginación podían otorgar el aspecto huraño y vengativo de una bruja. Su tronco estaba recostado sobre la prominencia de la ladera y en cierta forma era posible ver en él, el cuerpo rendido de un toro que busca los burladeros para adivinar en un último atisbo de cordura cuál es, de nuevo, el límite entre la existencia y la muerte. Una modalidad extraña y única de paz donde sólo parece reclamarse un suspiro para revivir el recuerdo de exhalaciones que un día fueron plenas y que ahora regresan con la forma desvaída del último aliento. Desde La Bruja me di cuenta de que Berni, Moya y Plumed recogían las poleas, los uniformes, las carlingas, los cascos, las argollas, las sogas y la sierra, y sin prisa llevaban todos los utensilios hasta la furgoneta. Me acordaba de la conversación de José Luis y Fernando cuando veníamos en el coche, de ese vínculo inesperado y afectivo que había surgido entre ellos cuando hablaron del plano vertical y Fernando recordaba sus grabaciones con el móvil. Como si se hubiera configurado una extraña traslación de papeles y Fernando hubiese sentido que es él quien ahora tenía la cámara entre sus manos para intentar hacer ese plano hacia arriba. Algo así me daba la sensación de que yo también sentía porque mientras bajaban la gran rama hubiera preferido haber visto todo desde el objetivo de la cámara, una cercanía que en el gesto de cálculo de Berni, cuando dejaba correr la polea, me hacía estar allí arriba a su lado, en este caso eligiendo yo la deriva del madero para dejarlo caer en el lugar preciso. Es esa solidaridad desprevenida que te adhiere a ellos como un imán oculto, aunque en el fondo apenas tuvieses una idea somera de cómo era su trabajo. Quizás por eso me envolvía como propio el silencio que guardaban cuando recogían las cosas como si ellos ahora echaran también de menos que el tiempo se había cumplido, que era irreal que sus tres días de trabajo en Extremadura terminaran ya. No me aproximé hasta la furgoneta para decirles adiós. Preferí hacerlo como las dos jornadas previas. Fernando ya había girado el coche para volver desde el camino a la carretera y colocando mi pie izquierdo sobre el suelo del asiento del copiloto volví a elevar la voz para decirles que no tenía mucho tiempo, que en el viaje de vuelta tenía que ir preparando la crónica de la bajada del cimal y que ya les llamaría a Valencia para preguntarles qué tal habían hecho el camino de regreso. Al sentarme en el coche y en ruta por la senda me volví a acordar de su página web, de los nombres técnicos que llenaban de sopor la enumeración de las investigaciones que habían colgado en Internet, de la primera sensación de desapego y fastidio cuando me encargaron los reportajes y se me hizo tan plomizo aquel argot botánico. Habríamos avanzado unos quinientos metros y el paraje de La Calabaza seguía dominándonos, empequeñecidos por la bóveda de conexiones neuronales que las ramas urdían al enredarse en la altura formando un pasillo miedoso como de bosque de Blancanieves. Al lado de un tronco o en las suaves ondulaciones de la primera ladera volvía a ver a ese pintor invisible bajo brumas de invierno. De nuevo deseaba imaginarlo allí, enfrascado en la rima de sus pinceladas ardientes y copiosas para eternizar el descanso del cimal a la sombra del Postuero o para perderse en la nostalgia de componer ese deambular parsimonioso de Berni, Moya y Plumed mientras terminaban de guardar los aparejos en la furgoneta y parecían medir los kilómetros que comenzarían a hacer dentro de quince minutos. Al dejar atrás el pasadizo de los castaños, el sol de febrero conquistaba tierra y veredas, pero lo hacía sin fuerza concluyente como si gradualmente quisiera respetar la magia de los lugares amamantados por la naturaleza y supiera que allí tiene que expandirse únicamente con la intensidad justa. Es el óleo inconcluso del sol del invierno, la pintura que nadie creó, la despedida de los tres botánicos cuando también abandonaron el lugar y tal vez, sólo tal vez, la voz del castaño de La Bruja que saludó entonces al Postuero para decirle, sin nadie como testigo, que el cimal junto a su tronco es el boceto de un cuadro que sólo alguien imaginó revisando el vídeo de un reportaje sobre árboles de Extremadura. A veces veo ramas y alturas de formas caprichosas y enrevesadas, y los invento a los tres subiendo de nuevo a las copas para auscultar cada palmo de su corteza. Descubro a José Luis girando para obtener un nuevo plano cenital y esta vez sí, el círculo de la imagen bajo la copa y contra el cielo es como un iris de azules donde las ramas se crecen para dejar ver sólo en parte labelleza entornada de la cúpula del aire, ésa que cuenta sin nombrar los años de La Terrona, La Pina y El Postuero. Los árboles alados que un día comencé a querer por tres caminantes que atesoraban historias con la misma levedad con que dejaban escuetas sus pisadas en la tierra.
